jueves, 28 de marzo de 2013

Biografía (30): ¿profesor en Viena?, los conflictos de Kajanus, Birmingham y Copenhague (1912)

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El mes de enero de 1912 encuentra a Jean Sibelius revisando trabajos que había pedido le devolvieran de Breitkopf & Härtel. Por un lado estaba una nueva versión de "Har du mod?", que no sería tampoco la última. Por otro lado la redacción para orquesta de cuerda de Rakastava, que recompondría una vez más hasta alcanzar la versión definitiva, para cuerda con timbales y triángulo, y que llevaría el juvenil número de opus 14. Los cambios respecto a la primera versión orquestal y sobre todo hacia el original coral son substanciales, haciendo de ella una magnífica nueva composición sobre el antiguo material, teñido ahora de las texturas y armonías del "periodo oscuro", y una pieza sobresaliente. 

Jean Sibelius en 1912, con sus hijas Heidi y Margareta

Tras desechar la idea de musicar dos poemas de Rydberg, nuestro músico se centró en la composición de una suite para orquesta, las Scènes historiques II opus 66. Al contrario que la primera suite, la partitura no tiene nada que ver con la Música para las celebraciones de la prensa, sino que se trata de una composición en principio nueva - aunque algunos de sus temas procedan incidentalmente de otras obras y esbozos anteriores -. Sin embargo el colorido de la partitura orquestal, pequeños cuadros más próximos al poema sinfónico que al de piezas más ligeras, sí puede recordar a música de periodos precedentes, y es por lo tanto buena compañera de la suite opus 25. Los títulos de sus tres movimientos (En el puente levadizo, Canción de amor y La chasse) no pueden ser más sugerentes en este sentido.

En aquellos días nuestro músico recibió una estimulante oferta: Robert Fuchs, que había sido profesor de composición de Sibelius durante su época en Viena, se había retirado de su puesto en la Academia de la Música de la capital austriaca, y el trabajo fue ofrecido al finlandés. 
Había que reflexionar sobre ese nuevo camino vital. Centrado en cambio en la composición, nuestro músico no asistió al funeral de su tía Tekla, uno de los pocos lazos de su infancia en Hämeenlinna que le quedaban. 
El 1 de marzo envió finalmente un telegrama a Viena rechazando el puesto en la Akademie für Musik, siguiendo los pasos previos de Richard Strauss y Max Reger, que también habían sido candidatos - el puesto acabó recaló finalmente en el prestigioso compositor Franz Schrecker -.  

¿Cuál fue la causa? Recordando viejas disputas (como el conflicto con Kajanus en la Universidad de Helsinki), y la poca disposición de nuestro genio a la enseñanza reglada, menos aún en el extranjero, la decisión debía de ser negativa, aunque no sin ciertas dudas. "Muchos de mis compatriotas y amigos están sorprendidos por mi rechazo a Viena. Tal como lo veo, ellos no pueden entender mi patriotismo y amor por mi propio e independiente trabajo". Y no sería el único prestigioso cargo de profesor que Sibelius apartó de su vida. 

Cabe preguntarse cuál habría sido su desarrollo artístico posterior de haber aceptado... De momento el Concierto para violín había sido interpretado en la ciudad austrohúngara, y las dos primeras sinfonías habían sido estrenadas por Felix Weingartner, no sin cierto reconocimiento. Pero Viena era un lugar extremadamente difícil para cualquier recién llegado.

De momento el gobierno finlandés estimó el gesto de Sibelius (y el peligro de perder a su compositor nacional) y ese verano elevó su pensión a 5000 marcos, a pesar de la incipiente inflación finlandesa (unos 16.800 euros actuales).

Su mente, lejos de abandonarse a las cuestiones materiales como en otros casos, se centraba febril en nuevas ideas musicales: "una quinta sinfonía. Una sexta sinfonía: 'Luonnotar'. Queda ver si estos planes perdurarán". 

El 29 de marzo el propio compositor dirigió sus obras en un concierto en la Salón de la Universidad, con gran éxito. Aparte de la Cuarta Sinfonía, el resto del programa fueron estrenos, incluyendo las Scènes historiques II, la versión definitiva de Rakastava opus 14 y el Impromptu opus 19 para coro femenino y orquesta, otra revisión que había efectuado dos años antes. El programa se repetiría en los días siguientes en el Salón del Pueblo, donde Robert Kajanus le rindió un homenaje por el vigésimo aniversario del éxito de "Kullervo", la obra que marcó el inicio de su exitosa carrera, a la que tan unido estaba la carrera del propio director: "te agradezco estos veinte años". 

Kajanus sin embargo estaba preocupado en aquellos días por un asunto sumamente desagradable y controvertido en la escena cultural del país. La orquesta que creó y que conoció tantos estrenos sibelianos, convertida con el tiempo en la Filarmónica de Helsinki tenía su futuro en el aire. Eran los días de una lastimosa campaña de recortes culturales, a la que el progresivamente más impotente Senado finlandés se había visto abocado por el incremento forzado de los ingresos para el ejército ruso. El director acudió entonces a San Petersburgo a entrevistarse con Glazunov y con el mismísimo presidente del Consejo de Ministros del Imperio Ruso, gesto por que fue visto por el en la nacionalismo finlandés como una humillación. El bando svecoman fue especialmente duro, acusándole de defender sólo sus propios intereses, y boicoteó sus conciertos hasta el punto de tener que buscar un sustituto: el pianista, director y compositor Selim Palmgren (hacia el cual ni Kajanus ni Sibelius sintieron nunca mucha simpatía ni reconocimiento profesional), tomaría el prestigioso podio temporalmente. 

 Selim Palmgren (1878-1951) a principios del siglo XX

El Comité Musical del Estado Finlandés entonces decidió apoyar un proyecto alternativo, encabezado por  Georg Schnéevoigt, a la sazón otro rival de Kajanus: la Orquesta Sinfónica de Helsinki. La tensión de tener dos orquestas compitiendo entre sí para la pequeña capital solía podría encender aún más los ánimos. Mientras el bando suecoparlante apoyó a la orquesta de Schnéevoigt, un grupo notable de primeras figuras firmó a mediados de marzo un escrito de apoyo a Kajanus. Entre ellos encontramos a los pintores, Gallén-Kallela, Eero Järnefelt y Halonen, la cantante Emmy Achté, y por supuesto Jean Sibelius, que a pesar de los antiguos conflictos y unos celos que nunca lo abandonaron, no dudó en apoyar a su principal campeón y la orquesta por excelencia de la música finlandesa.

Sin embargo nuestro compositor no quiso entrar en lo más duro del debate, y declaró que su apoyo no contenía sentimientos negativos hacia la Sinfónica. De hecho Schnéevoigt colaboraría en muchas ocasiones con Sibelius. Y con gran resultado artístico, pero en cualquier caso su relación no llegó a ser de verdadera amistad. El compositor apreciaría sus interpretaciones desde el punto de vista técnico, no tanto el expresivo.

Tampoco la vida personal parecía ausente de agrias polémicas. En esta ocasión, debido a fuerte personalidad de la mujer de su cuñado y vecino Eero Järnefelt, Saimi, que ya había sido causa del traslado de otro miembro de la comunidad, Juhani Aho, y que había insultado a Aino. Los Sibelius incluso contemplaron también la posibilidad de mudarse... ¡a París! Pero pronto abandonaron esas ideas irrealizables. 

Mientras, nuevos proyectos se plasmaban en el diario del compositor. El 5 de mayo anotaba: " ¡¡'Primera fantasía para gran orquesta, op.67'!! ¡¡'Segunda', y continúa!! Ahí es donde la solución puede asentarse. - ¿¡Ópera!? ¿Sinfonías? Sí, sí, el asunto debe ser abordado con calma."

Ninguno de esos proyectos se realizaría - por el momento -, aunque algunas ideas de lo que sería la Quinta Sinfonía empezaron a surgir en la época. En su lugar durante la primavera compondría las Tres sonatinas para piano opus 67, que se situaban en el ámbito opuesto, en el más íntimo y despojado posible del teclado. Se trata de un conjunto excepcional para el piano, situado comúnmente como su mejor aportación al género. Muy lejos de las habituales piezas características y de su hastío hacia el instrumento, las tres sonatinas son un auténtico ejercicio de abstracción formal y concentración expresiva, con un lenguaje aforístico, lleno de sugerencias contrapuntísticas y un sentimiento profundo y oscuro. En la época surge un gran interés por los problemas de la forma, y anota en su diario reflexiones sobre las teorías de Arnold Schönberg. Sin embargo se distanciará, muy rotundamente, de los extremos del modernismo.

A comienzo de julio la familia Sibelius pasó unas cortas vacaciones en el lago Päijänne, en Kuhmoinen. Nuestro compositor, aparte de sus paseos por la naturaleza, pescar y bañarse, no dejó de trabajar, enfrascado de nuevo con Breitkopf & Härtel, que le pedía otra revisión de "Har du mod?", o una pieza al estilo de "La canción de los atenienses". Y la historia no acabaría aquí...

Tras otras tantas vueltas (y unos cuantos viajes a Helsinki), el autor finalmente escribió una bellísima melodía para el juego de campanas de la Iglesia Kallio, con un diseño que apelaba tanto a los tonos eclesiásticos como o los populares, y que poco después utilizaría como base de una obra coral (opus 65b). Mientras desechaba por el momento comenzar una nueva sinfonía, proyecta una serie de piezas para violín y orquesta que sí que fructificaría pronto. Por el contrario, otras ideas, como la de dos serenatas, una para dos clarinetes y otra al estilo de Mozart no se realizarían.

La colaboración con la cantante Aino Ackté volvía a sus cauces tras los desafortunados desaires a raíz de "El cuervo": Sibelius prepara para ella una versión orquestal de su canción "Hertig Magnus" ("Duque Magnus") opus 57 nº6, que completaría el 22 de agosto. A pesar de la indudable belleza de la canción y de su acompañamiento orquestal la obra no tendría mucha popularidad, hasta el punto de que la partitura de esta versión estuvo perdida durante décadas, rescatada finalmente en 1994.

El 1 de septiembre fue consagrada la Iglesia Kallio, y para la ocasión el director Heikki Klemetti compuso un coro basado en la melodía que nuestro autor había escrito para el campanario. Un poco disgustado por la obra (¡y porque la prensa no mencionó el origen de la melodía!), nuestro compositor escribió su propio coro, como dijimos antes a partir de su melodía, y manteniendo el texto del propio Klemetti. La obra ahondó en la fina y nostálgica belleza del himno. La partitura fue arreglada poco después para el piano.

El director coral Heikki Klemetti (1876-1953) en un sello conmemorativo del centenario de su nacimiento

Otros proyectos llegaron en el mes de septiembre. Mientras que rechazó la idea de componer una obra sobre el episodio de Magdalena y Cristo en la "Divina Commedia" (no era la primera vez que la obra de Dante le rondaba), sí aceptaría, aunque con tiempo, la petición proveniente de Copenhague para la pantomima "Scaramouche", con texto de Poul Knudsen y Mikael Trepka Bloch, que venía acompañada del interés del editor Wilhelm Hansen para publicar la partitura incluso sin haber sido escrita o estrenada. 

Y llegó la hora de retomar los viajes. El 24 o 25 de aquel mes estaba de nuevo en Inglaterra para asistir al Festival de Birmingham, bajo el patrocinio de sus amigos Henry Wood, el principal director, y Granville Bantock, organizador del ciclo. Antes pudo asistir a los ensayos en Londres, en el Queen's Hall. El 1 de octubre, ya dentro del Festival, dio a conocer su Cuarta Sinfonía. A pesar de compartir programa con otro estreno de Elgar, la sinfonía atrajo la atención de público y crítica, que lejos de la fría recepción de su país natal, fue apreciada por su novedad e incluso alabada como muy personal y original, aunque algunos críticos manifestaron reservas. Un gran torrente de admiradores le esperaba a la salida del concierto para conseguir su autógrafo.

Como en todos sus viajes a la isla, hubo tiempo para viajes culturales, en esta ocasión, junto a Rosa Newmarch - que le encontró más sosegado que en la última oportunidad- , para visitar los recuerdos de Shakespeare en Stratford-upon-Avon.

A la vuelta a Finlandia hubo una nueva oportunidad de dirigir sus partituras, y como apoyo a la Orquesta de la Sociedad de Conciertos, que el 11 de octubre dio un concierto en el Teatro Nacional. Un gran éxito, sólo ensombrecido por algunas críticas rencorosas del bando que había boicoteado meses atrás a Kajanus. No fue el único acontecimiento musical de aquel Helsinki: a finales de de ese mes Busoni volvía a Finlandia para dar una serie de recitales que entusiasmaron a su amigo de juventud, especialmente por las sonatas del último Beethoven.

El 3 de noviembre el novelista Juhani Aho visita al músico. El escritor acababa de publicar su obra más recordada, "Juha", y por intercesión de Aino Ackté quería discutir la idea de transformarla en una ópera. Aunque tanto Aho como Sibelius llegaron a concebir un proyecto real, como todos los planes de ópera de nuestro compositor, el asunto jamás llegó a realizarse. 

"Puedo ver bastante claramente que cualquier ópera que escriba será sin palabras, el escenario será arquitectónico y los cantantes entonaran meramente vocales... sobre todo, ¡no habrá palabras! Todo sonará hermoso, lírico y colorístico, pero no habrá complejos argumentos ni subargumentos".

En esos días Sibelius complacía a la Universal Edition de Viena enviándole piezas para piano. Las obras en cuestión fueron los dos Rondinos opus 68, que en su aparente modestia y escasa duración, en realidad pertenecían al mundo oscuro y profundo de las Sonatinas de aquel mismo año. 

El 23 de noviembre ve el final de la composición de la primera pieza para violín y orquesta, la Serenata opus 69a, una pieza de gran belleza, que elude el virtuosismo - por ello quizá no ha interesado a los intérpretes lo que debería -, con un colorido acentuadamente modal y una orquestación exquisita.

Mientras trabaja en una segunda Serenata, nuestro autor viajaba a Copenhague para dirigir a la Real Orquesta Danesa. El 3 de diciembre estrenará en la ciudad nórdica su Cuarta Sinfonía, con reacciones de nuevo de todo tipo, aunque el resto del programa, con las nuevas Scènes historiques, Cabalgata nocturna y amanecer y un grupo de canciones, sí obtuvo el éxito general. Los compositores locales Louis Glass y Carl Nielsen le rindieron honores sin dudarlo. 

La relación de los dos grandes sinfonistas nórdicos de la época, Nielsen y por supuesto Sibelius, sería siempre ambigua: "un falso amigo", anotará el finlandés en su diario. El danés a su vez permanecía ajeno a música más reciente de su coetáneo, que había trazado un camino, en medio de la fama internacional, en cierta forma paralelo al suyo (era el tiempo de la Sinfonia espansiva). Curiosamente Nielsen prefería partituras más románticas como la Segunda Sinfonía o En saga, que dirigió durante años.

De regreso a la patria para el día de su cumpleaños, a la vez que le llegaban críticas negativas de Copenhague, también recibe una carta de Adolf Paul, que le proponía un libreto para una comedia en cinco actos, con música de ballet, titulada "Blauer Dunst" ("Niebla azul"), que ya había estrenado en Hamburgo. Paul había escrito incluso los dos primeros actos. Aunque con cautela, Sibelius pareció aceptar el proyecto, pero en los siguientes meses, como decíamos previamente, se convirtió en otro de las ideas operísticas que jamás conoció el pentagrama: "estoy dubitativo acerca del género por completo. ¿Puedo esperar, a la edad de 47, componer algo lo suficientemente bueno cuando el éxito en la empresa dramática es el producto de una extensa experiencia escénica? Pero, por otra parte, creo - y así lo creen otros - en mi potencial dramático".

Mientras proseguía con la escritura de su segunda Serenata, nuestro músico interrumpió brevemente el trabajo el 13 de diciembre para escribir una pieza breve para piano, el Valsette opus 40 nº1, mucho más ligero y convencional que las Sonatinas y Rondinos de aquel mismo año. 

Antes de acabar el año, un nuevo acontecimiento llevó la atención del músico a Viena, pero en esta ocasión con un carácter ciertamente humillante. Felix Weingartner había programa su Cuarta Sinfonía para ser estrenada en un concierto por subscripción de la Filarmónica en la mítica Musikverein, pero la orquesta, que en general no veía con buenos ojos a compositores no germánicos abordando un género tan "propio", se había negado a tocarla, y el célebre director tuvo que sustituirla por música de Weber y Beethoven.

Publicidad del estreno vienés jamás realizado de Cuarta Sinfonía bajo la batuta de Weingartner

Estaba claro que Viena, como antes París, no iba a acoger hasta generaciones posteriores la música del genio finlandés. Pero había otros públicos y otros lugares donde su obra sería recibida en cambio entre laureles, aunque para coronárselos habría de recorrer medio mundo. La gran aventura al otro lado del océano será tema del próximo capítulo de la presente biografía.
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Capítulo siguiente (31): las cuitas de "Scaramouche" y la magia de "El bardo" y "Luonnotar" (1913)




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