martes, 24 de marzo de 2015

Biografía (47): la despedida a Gallén-Kallela y el último viaje al extranjero (1930-1931)

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A medida que la década de los años 20 finaliza, lentamente nuestro compositor se ha ido sumiendo en el progresivo aislamiento en su hogar de Ainola, perdiendo interés por lo que hay más allá del bosque y el lago: "estos días está casi siempre en casa, y difícilmente va alguna vez al pueblo. Se ha convertido en un verdadero eremita. Piénsalo: Janne, que solía ser tan sociable" escribe su esposa Aino a su hija Linda. Ahora tiene una radio por la que recibe noticias, y además por ella y por su creciente colección de discos atiende al mundo musical: ya no necesita viajar, siquiera a Helsinki para enterarse qué sucede en el mundo o para asistir a conciertos. Apenas una celebración en su antigua escuela de Hämeeenlinna le consigue sacar de su aislamiento en mayo de 1930.

 Jean Sibelius con dos de sus hijas. Fotografía de 1930.

Pero gracias a esa soledad sigue trabajando con fuerza, y lo hace en su Octava sinfonía, obra sobre la que empieza a notar una gran presión. Koussevitzky acaba de triunfar en Boston con otra de sus sinfonías, la Sexta, y le insiste en la posibilidad de estrenar pronto la obra, incluso en la próxima temporada 1930-31. 

Mientras, al otro lado del océano, otro campeón de las sinfonías sibelianas, Robert Kajanus, apuntala una nueva conquista en Londres con las primeras grabaciones de la historia de la Primera y la Segunda, junto con movimientos de "Karelia" opus 11. Kajanus, ya septuagenario dirige con más entusiasmo que técnica a la Sinfónica de Londres en unos registros que a pesar de sus deficiencias son verdaderas lecciones de cómo debe sentirse y transmitirse la música del compositor finlandés.

Sus sinfonías comienzan a ser habituales, al menos en Gran Bretaña y en Estados Unidos, aún las más austeramente sibelianas, gozando tanto del favor del público como el de la crítica, que incluso comienza a considerarle a un sinfonía de la altura de Beethoven, filiación que desde luego compartía la propia aspiración del músico.

El clima político en Finlandia, con su relativo y voluntario aislamiento y la constante presión del gigante soviético con el que compartía frontera (e historia), se fue enrareciendo tras la crisis económica mundial de 1929. El comunismo finlandés, con representación parlamentaria pero a la vez con gran peso en la conflictividad laboral, compartía lazos con la URSS (no siempre voluntarios y/o públicos). Esta situación poco a poco llego a provocar el miedo y una furibunda reacción por gran parte de la población, resucitando mucho del antagonismo visceral de la Guerra Civil. Gran parte de ese sentimiento anti-comunista y nacionalista fue focalizado entonces por el Movimiento Lapua, que inicialmente tuvo apoyos muy importantes entre el pueblo como entre grandes personalidades de la república. Nuestro músico, sin ser necesariamente muy afecto al movimiento en cuanto a su significado político, si vio con simpatía su patriotismo. Y ese en ese marco en el accede a componer una canción coral en apoyo a sus simpatizantes. Así nació "Karjalan osa" ("El destino de Karelia") JS.108, para coro masculino al unísono y piano con texto de Aleksi Nurminen, una aguerrida marcha de corte en principio convencional, pero con algunos interesantes recorridos armónicos, que sería además su única composición completada en este año de 1930, estrenada aquel mismo 7 de septiembre.

 Emblema del Movimiento Lapua

En apenas unos meses el Movimiento Lapua se radicalizó al extremo hasta posturas prácticamente fascistas, llegando a protagonizar el secuestro del ex presidente Stålberg y de su esposa, secuestro por suerte muy corto. Tras el suceso la facción perdió la mayor parte de sus apoyos públicos, lo que le llevó a radicalizarse aún más. Tras un intento de golpe de estado en 1932, el movimiento fue disuelto.

El 7 de marzo de 1931 el pintor Akseli Gallén-Kallela moría de neumonía en Estocolmo, durante un viaje. El artista había sido un gran amigo de juventud de nuestro músico, aunque en los tiempos más recientes se habían distanciado, siguieron no obstante manteniendo un gran afecto mutuo, y la noticia de su partida le afectó profundamente. Su yerno Armas Otto Väisänen, a la sazón musicólogo, le solicitó a Sibelius una pieza para órgano para su funeral el 19 de marzo. El músico aceptó, aunque tuvo en un segundo momento sobre si tendría tiempo para escribir la pieza, dudas que fueron disueltas cuando Väisänen le dijo que su nombre ya aparecía en el programa impreso del servicio religioso. El músico asistió además al funeral, a pesar del respeto que le imponían tales eventos,  y fue uno de los portadores del féretro, en honor al pintor que como él, era tenido como uno de los más grandes artistas nacionales.


 "Junto al río de Tuonela" un estudio para el fresco de Mausoleo Juselius (1903), de Akseli Gallén-Kallela (1865-1931)

La pieza se escribió y estrenó a tiempo de sonar en la Catedral de Helsinki, tocada por Elis Mårtenson. La Surusoitto (Música fúnebre) opus 111b no es una obra de circunstancias ni menor, ya que posee la misma nobleza y trascendentalidad de muchas de las últimas obras del compositor, con su hermoso tema dórico, así como por sus armonías modernas. Sorprende de hecho esta profundidad en una pieza escrita en apenas unas días (precisamente en la época del perfeccionismo radical de la Octava sinfonía), por lo que no es de extrañar que los expertos hayan querido buscarle antecedentes. Y en efecto, el tema de la partitura aparecía entre los esbozos que contenían también material para las Piezas para piano opus 114 (con las que comparte mucho la obra para órgano) o la Suite para violín y cuerda del año de 1929. También se ha sugerido que la Música fúnebre y esos esbozos anteriores podrían estar relacionados con material para la Octava sinfonía, hecho posible, pero en tal caso se trataría de material desechado, ya que en principio en esta época aún la sinfonía seguía siendo un proyecto muy firme. 

Son muchos los bocetos que se han querido relacionar con esta obra quimérica, como uno que lleva el título de "O Herra, siunaa" ("Oh, Señor, bendícenos"), clasificado con la signatura HUL 1737, y que debe datar de esta época, o algo posterior. Curiosamente utiliza un tema de del Quinteto con piano de 1890, y sería más posiblemente un esbozo para una obra coral antes que tener una relación con la sinfonía. Aunque nada en este terreno es a día de hoy seguro.

En abril de 1931 el genio nórdico emprende el que sería su último viaje al extranjero, a Berlín, donde pudo permanecer en un apartamento que pertenecía a familia política de su cuñado Arvid Järnefelt. Allí pudo permanecer varias semanas, en las que avanzó en la composición de la sinfonía: "ahora me he asentado. Me gusta estar aquí y puedo trabajar mejor de lo que lo he hecho durante mucho, mucho tiempo", escribe a Aino. "La sinfonía va a grandes pasos y tengo conseguir terminarla mientras esté todavía en pleno vigor espiritual. Es extraño el concepto de este trabajo".

Pero a finales de mayo enferma y es diagnosticado de pleuritis, una inflamación en los pulmones. El doctor Zuecler le dio un medicamento experimental, Eutonon, que le hizo sentirse aún peor. Aconsejado por sus amigos en la capital alemana cesa el tratamiento, lo que le hizo recuperarse sin mayores contratiempos - a pesar de que en su tremendista imaginación llega a temer por su vida - y poder volver a Finlandia. 

El 10 de agosto su mujer recibe un regalo por su cumpleaños en forma de pieza para piano a cuatro manos (la única de en su género de Sibelius), titulada simplemente "Rakkaalle Ainolle" ("A mi querida Aino") JS.161. Al igual que la pieza para órgano de meses atrás no se trata de un simple souvenir, y es una partitura de hondo calado e inusitada modernidad (de nuevo dando cuenta muy posiblemente de la estética del mundo perdido con la Octava sinfonía). Aunque entonces no podría preverse ésta sería, con la excepción de dos números añadidos a su Música masónica, la última partitura original de la que tenemos noticia.

Lo cierto es que en la práctica no se vislumbra esa circunstancia. El compositor sigue enfrascado en la redacción de la sinfonía, y tan entusiasmado con ella que se siente con la seguridad de prometer a Koussevitzky su estreno en Boston la siguiente primavera. Incluso habla de donar el manuscrito original a la Biblioteca de dicha Orquesta.

El músico visitará Helsinki para el 75 cumpleaños de su amigo Kajanus, que como en otras ocasiones celebra el evento con un concierto y una gran recepción. En el concierto, aparte de trabajos propios, dirige la Primera sinfonía de Sibelius, y generosamente le presenta una corona de laurel con la inscripción: "el laurel es por tus composiciones, el oro para tu corazón".

El reconocimiento es ya inmenso en su propia patria, pero su figura internacional empieza a despuntar como nunca, ahora justo cuando su obra creativa se sumerge en el relativo silencio de Ainola...
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Capítulo siguiente (48): la fama internacional y la sinfonía imposible (1932-1939)



2 comentarios:

Isla de Náufragos dijo...

Hace meses q me pregunto por que destruiria la octava sinfonía, ya orquestada ��
Y ahora voy y me encuentro con tu blog ��

David Revilla Velasco dijo...

Es desde luego un asunto muy interesante, que he tratado de seguir con el máximo detalles. Me alegro de que te haya gustado.