lunes, 21 de marzo de 2016

"Los árboles", cinco piezas para piano opus 75 (1914): nº1. Cuando el serbal florece

Hoy, día 21 de marzo, se celebra en todo el mundo el Día Internacional de los Bosques, fecha que Naciones Unidas eligió para promover una concienciación respecto a esta parte de la naturaleza como elemento esencial de la vida del planeta, y como tal imbricada también en el futuro de nuestra propia especie. En España además esta conmemoración coincide con la Fiesta del Árbol, que se celebraba desde hace 101 años de manera oficial, si bien en muchas poblaciones las actividades en torno a la Fiesta se unen a programaciones ecologistas y a otras celebraciones locales de la recién inaugurada primavera, de tono muy lúdico y que incluso enlazan con tradiciones muy antiguas, dedicadas a esos silenciosos compañeros que conviven con nosotros, alimentándose de la tierra y el agua.

La celebración nos da la oportunidad para hablar de una serie de piezas para piano a las que nuestro compositor puso el nombre de especies muy específicas de árboles, y de paso llamar la atención una vez más sobre el intenso amor y conexión que sintió Sibelius con la naturaleza y con el planeta, un amor que dejó plasmado en numerosas ocasiones y de variadas formas en su música. En muchas de sus expresiones se muestra muy cercano a una espiritualidad panteística, y es la contemplación de la propia naturaleza la que le sirve como germen de grandes inspiraciones en sus composiciones (como por ejemplo, el vuelo de unos cisnes que se une a uno de los grandes temas de la Quinta sinfonía opus 82). Es de resaltar también que sean los sonidos de la vida (sobre todo el canto de pájaros) prácticamente el único sonido "realista" que incluye entre sus pentagramas. 


Un ejemplar del serbal de cazador (Sorbus aucuparia)

Pero la vida vegetal tampoco se queda atrás entre esas inspiraciones, en especial a través de esos grandes bosques repletos de magia, viejos y sabios, misteriosos y crepusculares, alegres y a la vez taciturnos de la Finlandia ancestral, que en las antiguas leyendas, como se recoge en el "Kalevala", son prácticamente un personaje más antes que un simple fondo. Como tal aparecen en poemas sinfónicos como el temprano La ninfa del bosque opus 15 de 1895, hasta su última gran obra para orquesta, la magistral Tapiola opus 112 de 1926, una desconcertante y cuasi mística evocación del bosque primordial, guardado por el viejo dios Tapio. Además de las piezas de piano en las que ahora nos adentraremos, el maestro nórdico compuso años más tarde otro cuaderno para el teclado conocido como "Las flores", su opus 85, al que seguiría también una pequeña colección de seis sencillas canciones con la misma denominación botánica, el opus 86.

Sin embargo, la imaginación musical de Sibelius hemos de calificarla como fundamentalmente abstracta. Incluso en poemas sinfónicos o piezas vocales o de carácter como las señaladas, nuestro músico no pretende "representar" esas realidades en las que se inspira. Pero sí puede querer evocarlas, y evocar las emociones que en él mismo despiertan. En su juventud se definió a sí mismo como "pintor y poeta musical", pero sus representaciones no son jamás realistas o alegóricas (en el sentido de un Mahler), más bien quiere cantar y dibujar el espíritu de las cosas antes que las cosas mismas...

En las Piezas opus 75 que nos ocupan nos hallamos también ante un segundo dilema: la posición de la propia música para piano del compositor. Cuando el genio finlandés descubrió el mundo de la orquesta, poco a poco se fue convirtiendo en un compositor principalmente de orquesta, y fue hacia la orquesta (y en menor medida en la música vocal) donde se centraron sus aspiraciones estéticas y su propio estilo. El piano en general fue para él un medio secundario, y un soporte técnico hacia el que sentía escasa afinidad. No obstante compuso música para el teclado durante toda su vida activa, y en tal número de composiciones podremos encontrar "de todo un poco". Hay piezas casi salonísticas, ligeras, de fácil venta y compuestas más por motivos comerciales que artísticos. Especialmente en los años de la I Guerra Mundial estas piezas abundan. Sin embargo, también escribió piezas de mucho mayor hondura y compromiso artístico, que desvelan preocupaciones artísticas verdaderas, y donde el piano se convierte en un medio más que permite armonías completas sin tener que recurrir a la orquesta. Esas piezas están a veces difuminadas entre los grandes cuadernos de piezas (compuestos en diferentes momentos generalmente, pero reunidos en una colección bajo un único número de opus), pero en otras ocasiones forman colecciones propias, distintivamente unificadas, sobre todo los últimos cuadernos, como las piezas opus 101opus 103 de 1924 y las opus 114 de 1929.

Las Cinco piezas para piano opus 75 se encontrarían realmente en un punto intermedio entre ambos extremos: ni son piezas ligeras, ni llegan a la seriedad de otras partituras para el teclado. Si afinamos incluso algo más, alguna de ellas, como la primera (de la que daremos cuenta a continuación) tiene un espíritu mucho más profundo que la número 5, con un tono algo más salonístico. Escritas a comienzos de otoño de 1914, marcan el principio de una serie miniaturas que tratan de solventar los problemas económicos provocados por la guerra (sobre todo por el cese de relaciones con sus editores alemanes), pero también están afectadas por el esencialismo y el pesimismo de los últimos coletazos de su "periodo oscuro". Y posiblemente la propia inspiración poética en estos maravillosos seres de la naturaleza hizo que su musicalidad se alce bastante por encima de la media respecto a otras miniaturas escritas en esos años.

Todas las piezas llevan un título del autor (en sueco en el original), pero el sobrenombre de "Los árboles" no es de Sibelius, si bien nada se le puede objetar porque, por supuesto, los cinco números se refieren de hecho a estos seres con sus respectivos nombres. Fue un cuaderno pensado como tal, aunque como es habitual las piezas pueden ser interpretadas por separado, y de hecho fueron publicadas como tal individualmente (a los pocos meses, la edición conjunta, en Hansen, tuvo que esperar a 1922); y fue compuesto también por las mismas fechas. El 14 de septiembre de 1914, mientras esboza motivos la Quinta sinfonía, finalizó las tres primeras (aunque la tercera es en realidad una revisión de una partitura escrita en 1912), el 23 de septiembre la quinta, y a principios de octubre la que ocuparía el cuarto lugar. Años más tarde, en 1919, revisaría la nº5, justamente la más exitosa de las cinco. Una sexta pieza, titulada "Syringa" ("Lilas") fue escrita también en esas fechas y concebida para ese cuaderno, pero finalmente retirada, quizá simplemente porque su título no era el de un árbol, o porque también requeriría una revisión (también de 1919 dataría la revisión y, tras varias vicisitudes, se convertiría en el Valse lyrique opus 96a). 

Las cinco piezas son hojas de álbum breves, piezas de carácter que no adoptan ningún esquema especial ni se aproximan a ningún modelo específico de danza (aunque la nº5 tiene un indudable sabor a vals). No son piezas para aficionado, requieren un buen pianista, aunque estén muy lejos de demandar un virtuoso.

El número 1 lleva el título "När rönnen blommar" ("Cuando el serbal florece"). El árbol al que se refiere el indicativo es el "serbal de los cazadores", el nombre más común en España del árbol de hoja caduca con la nomenclatura científica de "Sorbus aucuparia". Se trata de un árbol de tamaño mediano, perteneciente a la familia de las rosáceas. Su tronco es grisáceo, más oscuro en las ramas más viejas, y su hoja compuesta, con bordes dentados. Se encuentra por toda Europa, incluyendo en nuestro país, sobre todo en el norte, siendo un habitual también de jardines ornamentales. Es un árbol muy resistente a temperaturas bajas, por eso es muy abundante en el norte, donde llega incluso hasta Laponia. En Finlandia está muy extendido, tanto en bosque salvaje como plantado artificialmente, ya que es de fácil cuidado, y muy vistoso, sobre todo en periodo de floración (junio en esas latitudes), con flores de color rojo o blanco; o en otoño, cuando su hoja se torna de colores espectaculares. Su fruto, de color rojo o anaranjado (que aparece en julio en el país del norte), es comestible pero no en crudo, al menos para seres humanos (de sabor muy agrio y amargo, contiene tóxicos), y sólo se utiliza en preparados como mermeladas o zumos. Como curiosidad, en la vecina Rusia se utiliza para la elaboración de algunos vodkas. Algunos datos y fotografías sobre este árbol, especialmente referidos a su situación en España, en este enlace o en este otro.


Flores del Sorbus aucuparia. Fotografía de Graham Calow

En las dos primeras piezas del opus 75 Sibelius añade un pequeño adjetivo de carácter al nombre del árbol en cuestión. Y en este caso, más que apelar al árbol en sí, la música de esta pieza parece seguir esa indicación de "florece". En efecto, en esta partitura nuestro músico elabora un discurso "orgánico", muy habitual en él, que además en esta ocasión sirve de nexo de unión con el tema extramusical. En ella hay un único tema, o si apuramos, un único motivo, que pasa diversas transformaciones, desde unas primeras formas germinales turbias y tensas, hasta su "floración" final de forma sencilla y directa. 

Así, la música arranca con un floreo cromático y la primera forma de la melodía, con su serie circular de corcheas en grados conjuntos, y su reposo final en una blanca. Al motivo se le unen dos voces más, aportando una armonía más disonante y con abundantes cromatismos. 




(cliquea en los ejemplos para verlos a mayor tamaño)

El tono de sol menor queda establecido desde el principio, pero pronto, con las sucesivas transformaciones del tema y nuevas complicaciones armónicas, queda difuminado. Estos elementos, unidos a la mezcla del compás básico de 4/4 con otros como 2/4 y 3/4, dan a la partitura un carácter evidentemente rapsódico, improvisatorio.

Como es habitual en el autor, en especial en las obras de este "periodo oscuro", la tensión va aumentando al redundar y profundizar en los mismos ingredientes, a los que se suman rápidas escalas ascendentes, progresivamente más prolongadas y que llegan a mayores cúlmenes, y que nunca parecen resolver hasta justo hacia la mitad de la obra, de apenas dos páginas de partitura. Es entonces, tras una vistosa escala en un grupo de trece notas, recorriendo dos octavas, cuando el tono y la melodía quedan finalmente establecidas, y lo que antes era germen ahora aparece en todo su melancólico esplendor:




Los contornos quedan más definidos, y prácticamente no habrá más cromatismos que el floreo sobre la dominante y una dominante secundaria. En realidad lo que tendremos de aquí hasta la doble barra no será sino una repetición más o menos variada de este motivo, apoyada por un característicamente sibeliano acompañamiento sincopado (con un persistente pedal) en el primer y el quinto grado, y sin la polifonía inicial. La atmósfera se hace pues clara, aunque su tono menor la haga especialmente nostálgica y anhelante. 

La forma en la que transforma el tema, haciendo anteceder lo que en términos clásicos sería un "desarrollo", dejando la "exposición" como elemento final y como efecto de apoteosis resolutiva tras una acumulación de tensión, se encuentra en estructuras más complejas y extendidas, pero obedeciendo al mismo principio. Por ejemplo, en el tercer tiempo de la Cuarta sinfonía.

La armonía continuará básicamente siendo un juego de dominante-tónica, con un única subdominante alternando, a la que se llega través de su séptima con séptima mayor. Finalmente, sin una coda propiamente dicha llegamos a la conclusión de la partitura, que se resuelve con la tercera de picardía, es decir, en un acorde último de Sol Mayor.



La discografía de "Los árboles" opus 75 abarca varias grabaciones, ya que todo el ciclo se considera unánimemente uno de los trabajos más destacados del genio nórdico para el instrumento, aunque como es de esperar se circunscribe más a los especialistas, y a pianistas finlandeses. 


Vamos a referirnos a cuatro registros. El más antiguo de estos es el debido a Erik T. Taswaststjerna - hijo del gran biógrafo del compositor - el cual realizó la primera integral de difusión internacional (aunque sólo con obras publicadas). El disco al que pertenece es el quinto de esa integral, y fue publicado por BIS en 1987. La interpretación es sobria, y el pianista remarca especialmente el contraste entre las dos secciones de la obra, con un final algo pálido (Interpretación: 6,5 • Estilo: 8 • Sonido: 6,5)

De 1992 y debido a Finlandia Records tenemos un amplio recital protagonizado por la pianista Marita Viitasalo. Su interpretación es más elegante, con una sensibilidad especial en la primera parte, en la que realiza un gran trabajo, y una segunda parte que enlaza muy bien con el principio, y un espíritu de notable lirismo. Muy buena versión (Interpretación: 8 • Estilo: 8 • Sonido: 7,5)


Del sibelianismo japonés (un grupo de aficionados muy nutrido, por cierto) procede la pianista Kyoko Tabe, que realizó en el año 2000 un excelente disco para el sello Chandos. La interpretación tiene un aire muy ascético y espiritual, y desde luego a pesar de su oscuridad lleno de vida. Una versión especialmente delicada y expresiva, realmente buena también (Interpretación: 8 • Estilo: 7 • Sonido: 8)

Como es natural encontramos esta pieza en la Sibelius Edition de BIS, con el gran especialista Folke Gräsbeck como responsable de la música pianística. Además de la interpretación se ocupó de rescatar innumerables piezas y versiones, y de lograr el mejor "Urtext" posible. Las grabaciones del segundo estuche (el volumen X de la Edición) se efectuaron entre 2007 y 2010, y los discos se publicaron en el año 2010. Gräsbeck le da al pasaje inicial mucha libertad, y cierto toque impresionista, que se convierte en magia cuando el tema alcanza su forma final, en la que el músico finlandés procura exprimir cada detalla. Intensa y emotiva versión, y sin duda la mejor de las aquí comentadas (Interpretación: 8,5 • Estilo: 9 • Sonido: 8,5)

Por último podremos escuchar una lectura alternativa a las comentadas, en manos del pianista noruego Håvard Gimse de esta partitura, dentro de su integral para Naxos (buena lectura también), en el siguiente video:




Esperemos que disfruten de esta música de Jean Sibelius, y de este modo profundizar en su amor por la naturaleza. Y así, en este día dedicado a la celebración de estas plantas, les invitamos a sentir el poder y la vida de los árboles, vida a la que, nunca lo olvidemos, estamos inexorablemente unidos.

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